Patricia Highsmith, la escritora maldita que fascinó al cine

“Tal vez lleve dentro de mí un impulso criminal grave y reprimido, pues de lo contrario no me interesarían tanto los delincuentes”, así explicaba su atracción por el mal Patricia Highsmith, una autora tan fascinante y atormentada como sus propios personajes. Lesbiana, en una época en la que la homosexual aún se consideraba una patología y alcohólica desde su juventud, Highsmith tuvo además que lidiar con una madre que hubiera hecho buena a la de Norman Bates y con la que siempre mantuvo una relación tormentosa desde aquel primer homicidio frustrado que fue su nacimiento (intentó abortar a Patricia bebiendo aguarrás). Todo esto forzó en ella una personalidad que sus coetáneos describieron como excéntrica y misántropa, pero también sirvió de estímulo a su talento creativo pues, si como dijo José Saramago los escritores viven de la infelicidad del mundo, la Highsmith tuvo en su propia biografía una fuente inagotable de inspiración.

Solo seis días después de publicar su primera novela, Alfred Hitchcock compró los derechos del libro convirtiéndolo en una de las películas más taquilleras de su filmografía: Extraños en un tren (1951). Sin embargo, tras aquel primer golpe de suerte, el éxito de miss Highsmith se hizo esperar. Sus retorcidas historias de crímenes y sobre todo sus protagonistas oscuros, de moral ambigua (cuando no abiertamente antisocial), chocaron con el american way of life de los años cincuenta, que trataba de vender una imagen de prosperidad y aparente calma a un país imbuido por la vorágine del creciente consumismo y la Guerra Fría. A esto se unía la percepción del negro como un género menor, así que durante mucho tiempo los editores se negaron a publicar sus libros en tapa duda por considerarlos literatura de bolsillo. La fama y la gloria le llegarían de la mano de Tom Ripley, un antihéroe camaleónico y cruel que protagonizó una saga compuesta por cinco novelas. Es también el personaje de su obra que más veces ha sido llevado a la gran pantalla. La primera versión fue la francesa de Rene Clenet A pleno sol (1960), película que resultó ser del agrado de la Highsmith. Le seguirían otras, como la del británico Anthony Minguela o la de la italiana Liliana Cavani, pero fue Wim Wenders quien logró una visión más personal de Ripley. El público europeo siempre entendió mejor a la escritora americana que sus propios compatriotas. No es de extrañar, por tanto, que el más americano de los directores alemanes fuera quien mejor adaptara su personaje favorito. Wenders llevaba tiempo detrás de los derechos de Ripley y los consiguió gracias a un encuentro con la propia escritora. La ambigua relación del director con Estados Unidos, crítico en lo político pero enamorado de los paisajes y el folclore yanqui, le llevó a construir un personaje taciturno y solitario que recorre las calles de Hamburgo con un sombrero de cowboy. El actor que lo interpreta, Dennis Hopper, era la antítesis de su predecesor en el puesto, el galán Alain Delon. Ya por entonces Hopper, símbolo de la contracultura de los años setenta, se había granjeado la enemistad de buena parte del gremio por su tendencia al histrionismo y por tomarse demasiado en serio su papel de rebelde fuera de la pantalla. Sin embargo en esta película ofrece una de las interpretaciones más sobrias y memorables de su carrera. Solo bajo la batuta de otros dos grandes directores volvería a brillar del mismo modo: Fracis Ford Coppola que lo dirigió en Apocalypse Now (1979) y David Lynch que le dio el papel de psicópata en la perturbadora Terciopelo azul (1986).

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Dennis Hopper en El amigo americano (1977)

El amigo americano (1977) fue nominada a la Palma de Oro en Cannes y estuvo más de un año en cartelera en los cines de España y Francia, un éxito de crítica y público que catapultó a Wim Wenders hasta la cumbre del cine europeo. Los años setenta trajeron una corriente de apertura y libertad a Hollywood que puso patas arriba toda la industria. Una oleada de nuevos realizadores hizo que el poder de los grandes estudios se tambaleara con una serie de películas independientes que supieron conectar con el gusto de los espectadores más jóvenes. El thriller vivió su mejor década y se filmaron algunos de los títulos más icónicos del género como French Connection (1971), Chinatown (1974) o Taxi driver (1976). Esto elevó por fin el prestigio del género negro, denostado hasta entonces por los editores y los críticos literarios.

Patricia Highsmith, que en principio se mostró escéptica con el Tom Ripley de Wenders, terminó admitiendo que el director había sabido captar mejor que nadie la esencia del personaje. La admiración que le profesaron los cineastas del viejo continente fue el espaldarazo definitivo para que las novelas de Highsmith se convirtieran en best sellers, aunque el respeto de sus compatriotas todavía se haría esperar algunos años. Lejos de sentir rencor, la autora siguió pagando impuestos en Estados Unidos desde su exilio voluntario en Locarno, Suiza donde, convertida ya en una escritora de culto, siguió hasta el final de sus días haciendo lo que mejor se le daba: parir psicópatas y beber Martinis.

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