Contar un chiste malo no debería ser delito

Hacer un monólogo sobre gitanos le ha supuesto a Rober Bodegas 400 amenazas de muerte y una denuncia en el juzgado. Ironizar sobre el holocausto judío hizo que Nacho Vigalondo perdiera su trabajo. El humor negro está penado con un año de cárcel y ya nadie se arriesga a hacer una caricatura de Mahoma sin firmar antes su testamento. Por no poder, no se puede ni bromear con el IVA de los yates. Parece que las fronteras del humor se estrechan a medida que las bromas se hacen virales, hasta el punto de que hoy el famoso chiste del perro “Mistetas” contado en Twitter ofendería al menos a tres colectivos: los policías, las feministas y los defensores de los animales. ¿Qué nos está pasando?

Como sociedad hemos evolucionado y lo que, hasta hace relativamente poco, nos parecía divertido, como las bromas a costa de los discapacitados, los homosexuales o las mujeres maltratadas (el famoso “mi marido me pega” de Martes y Trece o el “maricón de España”) hoy no nos hacen gracia, quizá antes tampoco, pero ahora tenemos un valioso altavoz para quejarnos. Las redes sociales han elevado a debates naciones lo que antes no pasaban de ser conversaciones de bar. La gente se calienta y despotrica desde el móvil con la misma virulencia que cualquier borracho de tasca al tercer carajillo y, aunque el linchamiento digital puede ser un sano ejercicio de ciudadanía con grandes ventajas terapéuticas para el que lo practica, lo de vivir en una permanente “cultura de la indignación” también tiene sus peligros. El clima de crispación en las redes genera una violencia verbal que rara vez llega a materializarse de forma física, pero que ya está teniendo consecuencias jurídicas para muchos internautas. Ser humorista se ha convertido en una profesión de riesgo pero cabrearse por un chiste y blasfemar también puede salirnos caro. La incitación al odio o el enaltecimiento del terrorismo son delitos que se prestan a muchas interpretaciones, como demuestra el aumento de sentencias contra periodistas, cantantes o titiriteros a los que han castigado por mostrarse críticos contra el sistema o por pasarse de bocazas más que por ser una amenaza real para el orden público.

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La libertad de expresión es el derecho más importante de una democracia porque sirve de contrapeso al poder, tal vez por eso es el que menos le gusta a los políticos, que siempre están tratando de limitarlo con la excusa de protegernos. En 2015, el gobierno del PP se sacó de la manga la “Ley Mordaza” para acallar a los manifestantes que día sí y día también llenaban las calles para protestar contra los recortes. Otras veces nos la cuelan desde el buenismo, como cuando Unidos Podemos presentó una proposición de ley en defensa del colectivo LGTB que pretendía sancionar mediante multas expresiones ofensivas que no fueran constitutivas de delito así como retirar contenidos y publicaciones de Internet sin necesidad de que lo dictara un juez. La pregunta que deberíamos hacernos es ¿qué clase de sociedad queremos? Porque vamos camino de convertirnos en una hiper legislada e hipócrita, en la que está peor visto hacer chistes sobre negros que dejar morir a los africanos en nuestras costas. Un poco de sentido del humor, amigos, después de todo las opiniones y las bromas podrán ser de mal gusto pero nunca podrán matar a nadie, no nos las tomemos tan en serio.

Imagen de portada: “Mapa de las fronteras del humor” por @mariam_otea

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