Cinco escritores famosos que nunca vieron su obra publicada

Decía Gabriel García Márquez que el escritor es como un náufrago en mitad del mar porque la literatura es el trabajo más solitario del mundo. También es uno de los trabajos menos reconocidos y peor pagados, sí, han leído bien. Por cada premio Planeta pactado de antemano con un autor de moda, hay miles de novelas que pasan desapercibidas cada año, acumulando polvo en las estanterías de los centros comerciales y millones de ejemplares no vendidos que terminarán siendo pasto de las llamas, como nos explicó Irene Alonso en este otro post.

Podríamos pensar que solo los libros malos corren esta suerte, pero lo cierto es que las obras de escritores hoy tan conocidos como Roberto Bolaño o Herman Melville pasaron en un principio sin pena ni gloria por las manos de los editores y muchos de los grandes nombres de la literatura universal, incluidos Oscar Wilde o Edgar Allan Poe, murieron en la pobreza. Otros ni siquiera llegaron a ver sus obras publicadas en vida y, seguramente, éstas habrían sido pasto de las polillas si algún amigo o familiar del difunto no las hubieras rescatado del cajón donde languidecían, haciendo de paso ricos a sus herederos. Repasemos algunos de los ejemplos más famosos:

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Emily Dickinson (1830-1886): como si nacer mujer en el siglo XIX no fuera ya lo bastante complicado, a la buena de Emily le dio por escribir poesía, versos cargados de metáforas, con rimas cortas y una sintaxis muy alejada de los cánones de la época. Tímida por naturaleza, sólo compartió sus escritos con unos pocos privilegiados, entre ellos su cuñada Susan, a quienes muchos biógrafos consideran el gran amor de su vida. Las dos mujeres vivían puerta con puerta pero se comunicaban a través de cartas, una extensa correspondencia que apenas ha conseguido arrojar algo de luz sobre una de las figuras más enigmáticas de la literatura estadounidense. A su muerte, Susan fue la encargada de amortajarla y de editar sus obras, que no se publicaron de forma íntegra hasta 1955.

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Franz Kafka (1883-1924): obligado por su padre, el autor checo tuvo que renunciar a su aspiraciones artísticas para dedicarse a ejercer la carrera de Derecho, una profesión que no le gustaba pero cuyos engranajes burocráticos inspirarían gran parte de su obra literaria. De su progenitor se vengó con una epístola demoledora Carta al padre, que no llegaría nunca a su destinatario pero sí a millones de lectores al no cumplirse su última voluntad: que destruyeran todos sus manuscritos cuando él muriera (falleció a los cuarenta años de tuberculosis). Por suerte Max Brod traicionó el deseo de su amigo y gracias a él hoy podemos disfrutar de las desventuras de Gregorio Samsa y de una de las palabras más bonitas del idioma español: el adjetivo kafkiano.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957): este noble italiano hijo de príncipes fue, desde su juventud, un ávido lector (llegó a reunir una biblioteca de cuatro mil libros) pero no empezó a escribir hasta unos años antes de su muerte. Su primera y única novela, El gatopardo, fue rechaza por dos editoriales cuando Tomasi ya estaba gravemente enfermo, lo que terminó de amargar sus últimos días. Publicada de forma póstuma por la editorial Feltrinelli, consiguió el Premio Strega, el más importante de la narrativa italiana, se convirtió en un superventas, con más de cincuenta ediciones en solo dos años, y fue adaptado al cine por Luchino Visconti, ganando la Palma de Oro a mejor película en el festival de Cannes.

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John Kennedy Toole (1937-1969): este tipo, estudioso y brillante, del sur de Estados Unidos estaba convencido de haber escrito una gran novela pero no debieron pensar lo mismo los editores a los que se la presentó. Harto de recibir largas, a los 31 años decidió quitarse de en medio inhalando monóxido de carbono. Sin embargo Toole era hijo único de una mujer que no aceptaba tan fácilmente las negativas: le habían dicho que nunca podría ser madre y lo fue con casi 40 años y con la misma vehemencia empezó a llamar a la puerta de todos los editores de la ciudad para que publicaran la obra de su retoño. Le dieron muchos portazos, hasta que Walker Percy, un reputado escritor y profesor universitario, aceptó a regañadientes leerse el manuscrito de aquella señora tan pesada y, sorprendido por la calidad de la obra, consiguió que esta saliera a la luz en 1981. Un año después, La conjura de los necios recibiría el premio Pulitzer de ficción y el premio a la mejor novela extranjera en Francia, cosechando un éxito inmediato en todo el mundo.

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Stieg Larsson (1954-2004): dos hechos marcaron la adolescencia del que se convertiría a título póstumo en rey del género policíaco, una máquina de escribir, que sus padres le regalaron a los 14 años, y una violación en grupo de la que fue testigo durante un campamento de verano. A partir de entonces, Larsson fue un ferviente defensor de los derechos de la mujer y un activista comprometido contra el racismo que denunció como periodista las conexiones del poder político y financiero de su país, Suecia, con la extrema derecha. Esto lo puso en el punto de mira de los grupos neonazis, de los que recibió continúas amenazas de muerte, pero, aunque hubiera sido un final digno de sus novelas, la prematura desaparición del escritor se debió a causas más mundanas: sufrió un ataque al corazón y falleció en el propio hospital tras tener que subir a pie siete pisos. El primer volumen de su saga Millinium sería publicado solo unos meses más tarde, convirtiéndose de forma casi instantánea en un best seller internacional. La familia de Larsson y su mujer siguen inmersos en una batalla legal por los millonarios derechos de su obra.

Katherine Neville resumió la historia de estos cinco autores, y la de tantísimos otros que nunca verán su libro en un escaparte, con una sola frase: “Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor” y, ya puestos a redactar, no te olvides del testamento 😉

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