Los chicos de la Manada no son monstruos

Las reacciones a la sentencia del juicio de la Manada, que se conoció este jueves, no se hicieron esperar. Desde las redes sociales y las calles, miles de personas indignadas protestaron contra una justicia que no solo había fallado a la víctima, sino a todas las mujeres que albergábamos la esperanza de que por fin algo estuviera cambiando en el sistema. Entre los muchos epítetos que se han escuchado estos días contra los sentenciados uno de los más repetidos fue el de bestias o monstruos, como si esos cinco hombres fueran animales salvajes que habían irrumpido de la nada en nuestra civilizada sociedad. Según la RAE un monstruo es un ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie, pero el comportamiento de estos especímenes no es tan anómalo si lo comparamos con el de una buena parte de sus congéneres y eso es lo verdaderamente monstruoso.

Bajo el lema #cuéntalo, ayer se animaba en Twitter a las mujeres a romper su silencio y hablar sobre abusos y agresiones sexuales. El hashtag se convirtió en pocas horas en trending topic llegando a superar los 180.000 tweets, algunos con testimonios tan escalofriante como estos: “18 años. Gobierno civil de Pamplona. Durante dos horas un comisario de policía me somete a un interrogatorio de carácter exclusivamente sexual. Al final me pone contra la pared, dispuesto a comprobar por sí mismo si era virgen”. “Con 20 me violó un amigo. Nos tomamos un par de copas, y no recuerdo nada hasta que desperté con el dolor de sus embestidas. Espera a que termine al menos, me dijo cuando quise quitármelo de encima”, otros suenan tan familiares que prácticamente los hemos normalizado: “Una mañana, bajando por mi calle, paró un coche a mi altura con un padre y su hijo de seis o siete años en el asiento del copiloto. Bajó la ventanilla y escuché díselo, díselo y el niño dijo tía buenaaa. Arrancó el coche y se fueron riéndose, como si nada“. “Tenía 14 o 15 años, estaba con mi amiga Johanna paseando por el parque, era por la tarde y de entre los arbustos, justo cuando pasábamos un viejo se sacó el rabo y nos dijo: chupármela un poco. Nos dio tanta repulsa y malestar que no volvimos en meses al parque”. Todas las mujeres del mundo hemos sufrido en mayor o menos medida abusos sexuales, desde piropos obscenos y tocamientos indeseados hasta el acoso y la violación. Lo peor es que en muchos casos el agresor no era un desconocido sino alguien del entorno: amigos, novios, profesores, tíos o incluso padres. No son monstruos, ni enfermos, ni locos, son hombres normales, legitimados desde niños por un sistema patriarcal que les enseña a disponer de nuestros cuerpos a su antojo, pues según el filósofo Rousseau “las mujeres están hechas para complacer al hombre” y alentados por una cultura de la violación que muestra como deseables comportamientos sexuales cada vez más violentos.

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Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial y se trató de buscar una explicación a los horrores del nazismo muchos tiraron del mismo argumento: los seguidores de Hitler eran unos monstruos imbuidos de fanatismo, solo así se podía entender que hubieran cometidos semejantes crímenes. Pero la filósofa Hannah Arendt, que acudió al juicio de Adolf Eichmann, teniente coronel de la SS, desmontó el mito: “a pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo”Eichmann, casado y con cinco hijos, era un tipo ordenado y un burócrata eficiente que se enorgullecía de cumplir con su trabajo. “Hubo muchos hombres como él, y estos hombres no eran pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales”. Lo que hizo posible el holocausto no fue la maldad de unos pocos, sino la complicidad de muchos y el respaldo de una ideología basada en la superioridad racial. Detrás de los crímenes machistas también hay una ideología basada en la superioridad del hombre frente a la mujer. Mientras no nos vean como iguales nos seguirán violando y matando con la misma impunidad con la que los nazis exterminaban a los judíos porque no los consideraban personas. Como dice Silvia Federici  en el prólogo de Microfísica sexista del poder: “Tras la violencia contra las mujeres —desde las agresiones domésticas hasta la violación y el asesinato—, subyace un código social y económico que quiere a las mujeres encerradas y atadas al hogar, ocupadas en el trabajo de cuidados y deseosas de aceptar el control masculino sobre sus vidas”.

Al sistema le interesa que existan los monstruos porque al achacar la maldad de sus actos a su naturaleza desviada, basta con castigar a la bestia o aislarla para que el orden social se restablezca. Pero esos cinco chicos no son lobos aunque se hagan llamar la manada, por eso de nada servirán las sentencias ejemplares, el endurecimiento de las leyes o incluso la prisión permanente revisable mientras el patriarcado siga fabricando violadores en serie (tres al día, según los juzgados). Algunos puede que sean monstruos, pero la mayoría, como decía Hanna Arendt, son tipos terroríficamente normales.

Referencias bibliográficas:

Arendt, Hannah (2013). Eichmann en Jerusalén. España. Penguin Random House Grupo Editorial.

Barjola, Nerea (2018). Microfísica sexista del poder. El caso Alcasser y la construcción del terror sexual. Barcelona. Virus

 

 

 

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