Todo lo que aprendimos sobre feminismo con Kurt Cobain

Se acerca el 8 de marzo, un día para recordar a aquellas mujeres que con su ejemplo o lucha han contribuido a la causa feminista y, por tanto, a conseguir un mundo más igualitario y justo. Podríamos hablar de las trabajadoras que murieron en una fábrica textil de Nueva York en 1911, por las que se conmemora este día, de las grandes teóricas del movimiento desde Olympe de Gouges a Judith Butler, o de aquellas otras cuyos nombres no recordamos pero gracias a las cuales hoy tenemos wifi, vacuna contra el cáncer de cuello de útero, telescopio Hubble o derecho al voto porque la realidad es que la historia no ha hablado lo suficiente de ellas y todo cuanto se haga ahora por restituir su memoria es poco. En lugar de eso he decidido dedicarle este post a un hombre, blanco y heterosexual, del que se ha escrito más en solo dos décadas que de todas estas mujeres juntas en tres siglos, así que me disculpo de antemano por esta aparente contradicción antes de explicar las razones por las que creo que Kurt Cobain también merece ser reivindicado desde el feminismo.

El 5 de abril de 1994 prácticamente nadie tenía Internet y aún no existían las redes sociales, así que muchos jóvenes de entonces nos enteramos ese día de la muerte (y en mi caso también de la existencia) del líder de Nirvana por la televisión. La imagen ambigua del cantante y su voz desgarrada ocuparon mucho espacio en los informativos aquellas semanas, despertando una fascinación desmedida en quinceañeros que, como mis amigas y yo, empezábamos en esa época a salir por discotecas y bares y a experimentar lo que entonces creíamos que era entrar en la vida adulta. La música grunge puso banda sonora a nuestros primeros besos y  borracheras, pero también a esa rabia que todo adolescente lleva dentro cuando trata de buscar su lugar en el mundo. Smells like teen spirit pasó rápidamente a ser el himno de nuestra generación. Aunque no entendiéramos su letra (a saber qué quería decir aquel “hello, hello, how low” de su estribillo) la interpretamos como un grito de protesta y girar la cabeza de forma frenética cada vez que sonaba se convirtió en una forma de rebeldía colectiva frente a la evasión individualista de la música bakalao, omnipresente en las pistas de baile de los años 90.

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Además de por sus canciones, Kurt Cobain también nos gustaba porque era guapo. A esa edad, pocas imágenes hay más eróticas para una chica que la de un tipo tocando la guitarra sobre un escenario, como bien saben todas las multinacionales discográficas.  Sin embargo Cobain era todo lo opuesto a las estrellas de rock que habíamos conocido hasta entonces. No destilaba testosterona, como sí lo hacían Alx Rose, Slash o Tommy Lee aunque llevaran melena larga y pantalón pitillo. No recurría a baladas románticas para atraer al público femenino, como Bon Jovi. No escribía letras machistas como las de I used to love her de Guns and Roses o Girls girls girls de Mötley Crue y no alardeaba de tener groupies, ni salía con modelos esculturales como sí han hecho prácticamente todos los hombres que han triunfado en la música a lo largo de la historia. Por el contrario, Cobain se reía de los clichés sexistas, de los machos alfa y de él mismo poniéndose vestidos y proclamando en sus canciones que nunca había conocido a un hombre sabio y, si lo había hecho, este era una mujer (“Never met a wise man, If so it’s a woman”, Territorial Pissing) o asegurando que le hubiera gustado ser gay solo para fastidiar a los homófonos. Se enamoró de otra cantante con una personalidad fuerte y un aspecto y discurso que siempre han desafiado los cánones de lo políticamente correcto. “Parece que nosotras solo podemos llegar a alguna parte utilizando nuestro coño, mientras que ellos lo consiguen tocando buenas canciones”, decía Courtney Love y animaba a todas las chicas del mundo a coger una guitarra y comenzar a gritar. La prensa y parte del público no pararon hasta convertirla en la nueva Yoko Ono, con esa misoginia que nos ha hecho creer que detrás de todo gran hombre hay una gran arpía tomando por él las malas decisiones.

Si todavía hoy, muchas mujeres que han alcanzado éxito y fama con su trabajo, parecen desconocer lo que significa la palabra feminismo y reniegan del vocablo, imaginaros hace veinticinco años. Que un hombre se declarara feminista, como hizo Kurt Cobain, era toda una rareza, aún lo sigue siendo en el mundo del rock. Dos de sus canciones, Polly y Rape me, tratan sobre la violencia sexual y al ser preguntado al respecto dijo que el problema es que “se enseña a las mujeres a protegerse contra la violación, cuando lo que habría que hacer es educar a los hombres para que no violen”, algo que ahora nos parece lógico pero que casi nadie se planteaba cuando yo tenía quince años. A esa edad nadie lee a Simone de Beauvoir, ni adorna sus carpetas con frases de Kate Millett, en la juventud nuestros referentes culturales suelen salir del cine, la música o la televisión no de las bibliotecas, pero muchos nos interesamos en ellas gracias a ciertas películas y canciones, como las de Nirvana que, al menos a mí, me llevaron a descubrir a otros grupos como Hole, Elastica o Dover. Por todo esto, y aunque no sea el mejor día para hacerlo, hoy he querido reivindicar la figura de Kurt Cobain porque siempre es justo recordar a aquellos hombres que se han puesto de nuestro lado y no enfrente. Ojalá muchos otros también lo hagan.

 

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