Págueme con su aplauso

Si hay dos acontecimientos que han marcado el inicio del siglo XXI estos son el desarrollo de Internet y la crisis económica. Para los gurús de la tecnología, la era digital estaba llena de posibilidades: la interconexión a tiempo real y el acceso ilimitado a la información nos traerían un mundo más justo basado en la inteligencia colectiva, en el que las fronteras geográficas se desdibujarían y la imaginación y la creatividad serían los principales activos de trabajo. Con el fin de adornar aún más este futuro utópico, pusieron en boca de todos palabras tan bonitas como empoderamiento. Lo que casi nadie supo prever es que esa enorme burbuja llena de expectativas, inflada a base de optimismo en los mercados financieros y de hipotecas basura, terminaría explotando y se llevaría por delante las ilusiones de toda una generación.

Remedios Zafra aborda la frustración de esta juventud hipertitulada pero empobrecida en su último libro: El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, galardonado con el Premio Anagrama de Ensayo. La autora nos recuerda que la democracia ha garantizado el acceso a la educación pública de los ciudadanos del primer mundo, de modo que cada vez más jóvenes sueñan con poder vivir de su vocación. Sin embargo la realidad es que muy pocos logran ganar un sueldo digno después de licenciarse, sobre todo en profesiones relacionadas con el mundo académico o cultural, que, como lamenta Zafra, es mantenido en su mayoría por colaboradores a tiempo parcial, becarios o figuras designadas con pomposos nombres en inglés y pagadas solo con promesas y renglones de curriculum. La falta de seguridad económica lastra así las posibilidades de los jóvenes, a los que, como dice la autora, se mantiene ocupados encadenando “cursos de formación, licenciaturas convertidas en grados y másteres, procesos de acreditación, estancias en el extranjero, idiomas, formación-evaluación-formación”. Las decisiones adultas, como independizarse o tener hijos, se van aplazando en esta especie de adolescencia prolongada que a menudo se dilata más allá de los treinta, mientras los jóvenes envejecen como “interinos frustrados, cuidadoras, camareros o teleoperadoras”.

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Es inevitable establecer paralelismos entre El entusiasmo y Dejad de lloriquear, un libro publicado en 2012 por Meredith Haalf, quien también analiza los problemas de los nacidos en la década de los ochenta y, al igual que Zafra, culpa a la desarticulación política de ser la causante de buena parte de ellos. La precariedad y el miedo a perder un statu quo ya de por sí frágil, neutralizan a estos jóvenes creadores que en otras circunstancias estarían llamados a formar parte del sector más crítico y reivindicativo de la sociedad, lo que nunca ha gustado a las élites. “No es bueno que los pobres creen. No lo es porque la creación es movilizada por el conocimiento, el conocimiento genera conciencia, y la conciencia es pregunta que interpela: ¡eh tú, por qué tienes tanto y yo nada!”, apunta Zafra. Es cierto que cada vez hay más protestas y movilizaciones pero da la sensación de que apenas producen cambios, las alianzas entre iguales se deshacen rápido, así que preferimos volver nuestra atención hacia “el mundo de las pantallas”, buscando audiencia en las redes sociales, tratando de conseguir seguidores que llenen con sus likes y retuits ese vacío laboral y vital en el que nos hayamos inmersos. “2010 —escribe Haalf fue elegido de forma unánime por los medios de comunicación como el año de la protesta, y es posible que dentro de dos decenios tenga la misma importancia icónica que el año 1968 en la actualidad. Pero en honor a la verdad, la gran mayoría de mis coetáneos debería decir que no estuvo allí. Estaba en Facebook. O de fiesta. O estudiando para un examen. O trabajando como becario”.

Resulta fácil verse reflejado en esa juventud desmotivada y precaria de la que hablan ambas autoras, aunque se esté ya más cerca de la mediana edad que de la juventud, como es mi caso. Lo que no me parece tan fácil es encontrar solución a un problema que se ha convertido en endémico y prácticamente universal. La clase media parece estar en peligro de extinción, la socialdemocracia, que guió Europa durante buena parte del siglo XX, pierde cada vez más peso político, incapaz de afrontar los retos del nuevo milenio y los ciudadanos lo tienen difícil para plantarle cara a un Estado desarticulado y con poco poder real frente a organismos supranacionales como la Unión Europea o el FMI. Se nos pide flexibilidad y adaptabilidad a unas circunstancias en constante cambio, pero como lamenta Haalf: Estas circunstancias escapan por completo tanto a nuestro control directo como indirecto: ni nosotros, ni nuestros padres, maestros, jefes o representantes electos parecen ser capaces de influir sobre aquello que la economía internacional exige de cada uno de nosotros”. Ante la impotencia que genera la vida pública, no es extraño que cada vez nos volquemos más en la vida privada, esa que, al menos en Instagram, parece estar llena de momentos felices. La recompensa que no encontramos en la nómina a fin de mes, la suplimos con la dopamina que descarga nuestro cerebro cada vez que alguien da un “me gusta” al selfie que acabamos de colgar o comparte esa frase ingeniosa que publicamos en Twitter, validando así nuestro atractivo o talento. Frente a esto, tanto Zafra como Haalf proponen dejar de lado el individualismo y empezar a crear alianzas para salir del letargo digital en el que nos hayamos inmersos.

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Referencias bibliográficas:

Haalf, Meredith (2012). Dejad de lloriquear. Barcelona. Alpha Decay.

Zafra, Remedios (2017). El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona. Anagrama.

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