Julita Salmerón y otras sagas familiares que nos reconciliaron con la vida

Catorce años ha tardado Gustavo Salmerón en grabar su epopeya familiar de 88 minutos Muchos hijos, un mono y un castillo, un documental protagonizado por su madre, Julita, una octogenaria con síndrome de Diógenes tan costumbrista y divertida que bien podría ser un personaje de Pedro Almodóvar o del propio Luis Buñuel, por el surrealismo de los diálogos.

Cuenta Salmerón, que un día al llegar a casa escuchó esta conversación entre sus padres:

—Pobre Gustavo. Me da lástima…

—A mí me preocupa su estado mental.

—Nos graba porque no tiene trabajo de actor.

—A nosotros, dos viejos sin interés…

Él entró en la habitación entusiasmado y les pidió que lo repitieran a cámara, a lo que supongo que ellos accedieron, con resignación. No se me ocurre mejor ejemplo para simbolizar la indulgencia con la que los padres acatan las locuras de los hijos, aunque no crean en sus posibilidades, ni compartan sus sueños (y casi nunca los comparten, a no ser que ese sueño sea opositar a notario). El caso es  que los Salmerón se dejaron grabar a regañadientes: “Esto no es una película para que la vea el público, es una película casera. A la gente no le va a hacer gracia” pero la gente, en el cine, se ha reído a carcajadas y la película, pese a su factura casera, ya ha ganado el premio Forqué al mejor documental, está nominada al Goya y ha sido galardonada en dos festivales internacionales. El éxito de este Boyhood a la española reside en su humor y en la capacidad de los espectadores para empatizar con una familia cuya historia podría ser, en el fondo, una metáfora de la propia España porque en este país todos tenemos algún muerto de la guerra civil por enterrar y, durante los años de bonanza que duró la burbuja, también fantaseamos con la idea de comprarnos un castillo o un ático en Sanchinarro, que por aquella época costaba lo que un castillo. Lo de hacer croquetas con el cuerpo del difunto José Antonio ya es más raro, esas cosas solo se le ocurren a Julita, una mujer que se queja de estar gorda mientras empapa en aceite un bocata de huevos fritos con chorizo o se burla de la muerte fingiendo su propio funeral. Como decía el gran Michi Panero, en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo y doña Julia Salmerón podrá ser falangista, masona y medio atea pero es ingeniosa como ella sola y no necesita guionistas, efectos especiales, ni una banda sonora de John Williams para mantener a los espectadores pegados a sus butacas.

edie beale
Little Edie en Grey Gardens

Volviendo al ya mencionado Michi Panero, es inevitable la comparación entre el documental de Salmerón y El desencanto, de Jaime Chavarri, otro retrato de una familia tan fascinante como excéntrica en la que sus miembros, Felicidad Blanc y los tres hijos que tuvo con el poeta falangista Leopoldo Panero, cuentan a cámara sus múltiples miserias bajo la sombra edípica de un padre muerto cuyo recuerdo, como las vértebras de la abuela de Julita, no terminan de enterrar. Y si esto va de familiares disfuncionales y señoras con Diógenes, no podemos olvidarnos de las protagonistas de Grey Gardens, otra crónica cinematográfica de una saga en decadencia, la de Edith y Little Edie Beale, tía y prima, respectivamente, de Jaqueline Kennedy. Estas dos damas de la alta sociedad neoyorquina tenían todo lo que cualquier indigente pudiera soñar: una mansión ruinosa en los Hamptons, toneladas de basura y cientos de gatos que casi le lanzan a la mujer del presidente el día que está apareció por su puerta ofreciéndoles ayuda. Eso sí, ellas no recurrían a Cáritas para llenar la nevera sino a Aristoteles Onassis, porque las Beale perdieron su fortuna pero conservaron el glamour.

Ironías aparte, estos dos documentales, además de ser obras de culto, nos reconcilian con la vida porque al verlos uno se da cuenta de que en el fondo su familia no es tan rara y el tópico de que los ricos también lloran cobra aquí un sentido literal: lloramos todos, así que lo mejor es reírnos de nuestras propias desgracias. La película de Salmerón, que también va camino de convertirse en mítica, encierra además una hermosa moraleja: uno es joven mientras siga conservando las ganas de vivir. Ojalá Julita, esa niña de 82 años que siempre está haciendo travesuras, nunca llegue a envejecer.

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