La felicidad está en un blíster

Dicen que Judy Garland, la inolvidable Dorothy de El Mago de Oz, tomaba desde los quince años dexedrine, un estimulante para adelgazar. David Foster Wallace estuvo durante dos décadas medicándose contra la depresión a base de fenelzina, solo un año después de dejarlo se suicidó ahorcándose en el patio trasero de su casa. Junto al cadáver de Marilyn Monroe encontraron un frasco vacío de Nembutal, junto al de Heath Ledger uno de zolpidem. Los artistas famosos son la cara más visible de la adicción a las drogas, legales e ilegales, pero quién esté libre de química que tire la primera benzodiacepina…

En una de las múltiples cenas de Navidad que tuve estos días, la conversación con tres amigas se desarrolló más o menos así:

—Me encuentro regular…

—Eso es que te falta alcohol.

—Tómate otra copita de vino y cuando llegues a casa un ibuprofeno.

—Y para dormir una pastilla de lorazepam, que a mí me va de lujo.

La ciencia se ha convertido en la nueva religión de Occidente y abrazamos sus preceptos con la misma fe con la que nuestros antepasados asumían los dogmas del cristianismo, con la diferencia de que el poder ya no se ejerce manipulando la conciencia, sino a través del control del cuerpo. En Testo yonqui, Beatriz Preciado sostiene que las dos industrias más importantes de nuestro tiempo son la farmacéutica y la pornográfica, no solo por su hegemonía a nivel económico sino por su capacidad para moldear la realidad y crear subjetividades: “Durante el siglo XX, período en el que se lleva a cabo la materialización farmacopornográfica, la psicología, la sexología, la endocrinología han establecido su autoridad material transformando los conceptos de psiquismo, de libido, de conciencia de feminidad y masculinidad, de heterosexualidad y homosexualidad en realidades tangibles, en sustancias químicas, en moléculas comercializables, en cuerpos, en biotipos humanos, en bienes de intercambio gestionables por las multinacionales farmacéuticas”.

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El ejemplo más paradigmático, y probablemente el fármaco con más peso social de la historia reciente, es una pequeña pastilla que empezó comercializándose en los años 60 y tuvo un éxito tan fulminante que ni siquiera necesitó de un nombre comercial para ser mundialmente conocida desde entonces. La píldora, así en genérico, no es solo estrógenos y progesterona, también es la promesa de la liberación femenina, que desligaba por fin el sexo de la maternidad, y millones de mujeres se la tragaron, literalmente, sin cuestionarse demasiado por qué siendo fértiles solo seis días al mes y los hombres 365 al año, eran ellas quienes debían medicarse. “Se trata de una microprótesis hormonal que permite, además de regular la ovulación, producir el alma del sujeto heterosexual mujer moderno. […] De otro modo resulta difícil explicar cómo la píldora ha podido ser privilegiada médica y jurídicamente como método anticonceptivo frente a otros métodos menos tóxicos y con menos efectos secundarios que requieren una menor atención cotidiana”. Si el género es, como sostiene Judith Butler, una performance, la píldora proporciona el disfraz químico perfecto para interpretar la feminidad de nuestro tiempo, creando “una hembra sumisa, de grandes senos, humor depresivo pero estable y sexualidad pasiva”, nos dice Preciado, ahora convertida en Paul B. por obra y gracia de la testosterona en gel.

Frente a la maternidad como centro de la identidad femenina, la virilidad se erige (perdón por el chascarrillo), como emblema de la masculina. En una sociedad tan hipersexualizada como la nuestra, se espera de los hombres predisposición absoluta para el coito, generando inseguridades y complejos en aquellos que no pueden cumplir con las expectativas. El lanzamiento de la Viagra en 1998 no solo aportó una solución al problema de la disfunción eréctil, también al de la masculinidad angustiada por siglos de presión social.

Otro medicamento que pasó de las estanterías de las farmacias a la cultura pop fue la fluoxetina, un inhibidor de la recaptación de serotonina que se popularizó a principios de los 90 con el nombre de Prozac y rápidamente se convirtió en un icono de la Generación X, esa juventud urbanita, consumista y apática que demostró que la depresión no era una enfermedad mental minoritaria sino la primera pandemia del mundo civilizado. Pocos fármacos han gozado desde entonces de una pátina tan chic, ni se les ha dedicado tantos libros, canciones y películas como a esta capsulita bicolor de los laboratorios Lilly.

Michel Foucault acuñó el término biopolítica para referirse al control que ejercen los gobiernos modernos sobre la ciudadanía a través de la gestión de los procesos biológicos. Desde el momento en que las naciones empezaron a asumir la salud de la población como una cuestión de Estado, la natalidad, la mortalidad, la seguridad sanitaria o el examen constante de las capacidades de los individuos se emplearon como herramientas de vigilancia y control, resultando ser mucho más efectivas que el sometimiento por la fuerza empleado por los regímenes anteriores. Pero el objetivo final de la disciplina biopolítica es el mismo que el de cualquier sistema de poder: “encauzar a los individuos y hacerlos a la vez dóciles y útiles” para extraer de ellos el máximo rendimiento posible. De este modo, en la actualidad, se recetan antidepresivos en lugar de electroshocks, a los niños díscolos se les da Ritalin en vez de azotes y se aplican terapias de sustitución hormonal a personas que solo unas décadas antes habrían sido encerradas en cárceles o manicomios por no encajar su género dentro del sexo en el que nacieron. Vistas las alternativas, no parece que haya nada malo en consumir ibuprofeno o tomarse un lorazepam de vez en cuando, después de todo, como dijo  Janis Joplin antes de morir de sobredosis, “lo que te hace sentir bien no puede causarte ningún daño”.

Referencias bibliográficas:

Preciado, Beatriz (2008). Testo Yonqui. Madrid. Espasa.

Foucault. Michel (2012). Vigilar y castigar. Madrid. Biblioteca Nueva.

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