Contra los tiranos del hormigón

Durante una visita protocolaria de Esperanza Aguirre al municipio de Valdemaqueda, la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid bromeó a costa del edificio del ayuntamiento, pidiendo la pena de muerte para su constructor: “Me caen mal los arquitectos porque sus crímenes perduran más allá de su propia vida”. La frase, desafortunada para alguien que ostenta un cargo público, le costó una disculpa y la enemistad (otra más) de todo el gremio de urbanistas. Sin embargo Aguirre verbalizaba un pensamiento que pocos se atreven a decir en voz alta pero que muchos sentimos, y es que algunos arquitectos deberían ser juzgados en el Tribunal de la Haya por crímenes de lesa humanidad. Créanme, sé de lo que hablo, vivo en Fuenlabrada.

Si durante siglos las urbes europeas se construyeron alrededor de los dos centros neurálgicos del poder: la catedral y el castillo, con murallas que limitaban su expansión, la revolución industrial propició un crecimiento exponencial del censo y trastocó por completo el paisaje urbano concentrando a la recién nacida clase obrera en torno a las fábricas, a cuya sombra surgirían los actuales polígonos y las ciudades dormitorio. Comenzaba así la división por barrios y zonas geográficas según la clase social de sus habitantes, una barrera invisible pero más difícil de cruzar que la valla de Melilla.

Lloyd Wright y lecorbusier
La casa de la cascada de Lloyd Wright frente a Unité d´Habitation de Le Corbusier

El primer arquitecto estrella de la historia y uno de los que más contribuyó a esta segregación jerárquica del espacio fue un suizo filonazi afincado en Francia llamado Le Corbusier. Como decían en El Tercer Hombre: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo matanzas, guerras, asesinatos… pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? El reloj de cuco” y eso es exactamente lo que tendría que haber hecho Le Corbusier: relojes, siguiendo con la tradición familiar, pero su mala vista para las piezas pequeñas lo animó a hacer cosas grandes con cemento y hierro. Al otro lado del charco, su coetáneo Frank Lloyd Wright abogaba por una arquitectura orgánica buscando la fusión con la naturaleza pero Corbu sacrificó la estética en post de la funcionalidad con la excusa de que “la casa es una máquina para vivir”. Así, mientras los ricos se construían mansiones sobre cascadas idílicas, a los trabajadores se les condenaba a vivir hacinados en guetos de hormigón.

Oportunista como pocos, el suizo no tuvo reparos en buscar mecenas y colaboradores en regímenes tan dispares como el gobierno de Vichy, la Unión Soviética de Stalin o la Norteamérica de Roosevelt, haciendo suya aquella máxima de “estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros” y expandiendo sus ideales estéticos por medio mundo. Fue él quien plantó los cimientos de los que surgiría la mayor aberración arquitectónica de la historia: el estilo brutalista. Las ciudades de la era nuclear se poblaron de pronto de mastodónticos búnkeres construidos con materiales resistentes que conectaban de forma directa con el miedo y las paranoias atómicas inculcadas a los ciudadanos de la postguerra. Estos visionarios del ladrillo no se conformaron solo con ensuciar el paisaje urbano a base de centros comerciales, oficinas y edificios públicos, también fantasearon con mejorar la existencia de los obreros construyendo para ellos enormes bloques de viviendas deshumanizadas y frías, llenas de soportales y paredes desnudas que invitaban al graffiti y la marginalidad en una utopía socialista digna de George Orwell.

robin hood gardens.jpg
Robin Hood Gardens

Richard Rogers, diseñador de la Terminal 4 de Barajas, dijo que los arquitectos influyen en la calidad de vida de las personas, una conclusión para la que no hace falta tener un Premio Pritzker y a la que podría haber llegado hasta mi sobrino de cinco años, pero que no por obvia deja de ser cierta. Debemos, por tanto, ser críticos con los arquitectos no solo desde un punto de vista estético, sino también político pues, como nos recuerda el catedrático Antonio Miranda, “la arquitectura raras veces —y solo en el mejor de los casos— escapa de ser un modelo ideológico del estatus”.

Por suerte, la arquitectura brutalista no tuvo demasiado recorrido histórico y muchos de estos monstruos urbanos están siendo derribados en un acto de compasión para con la ciudadanía, aunque algunos de sus edificios más emblemáticos: la Torre Trellick, Habitat 67, Park Hill o Robin Hood Gardens todavía siguen en pie. Todos ellos son lugares opresivos que parecen haberse levantado para aplastar las ilusiones de sus habitantes o para incitarles directamente al suicido como la Ponte Tower de Johannesburgo, el sitio predilecto de aquellos sudafricanos que quieren quitarse la vida. Dignos herederos de estos engendros de hormigón son las colmenas del Barrio de la Concepción de Madrid, el Ruedo de Moratalaz (más conocido como la cárcel de la M30) o las 3000 viviendas de Sevilla.

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Pero agárrense, que algunos intelectuales nostálgicos se están dejando seducir por el feo encanto del béton brut y le han empezado a dedicar exposiciones y libros, con la connivencia de los gafapastas que suben a Instagram fotos con el hashtag #SOSBrutalism y hasta recopilan firmas para salvarlos de la ruina pidiendo que se declaren patrimonio nacional (sí, han leído bien). Puede que para los que hayan nacido en Manhattan o vivan en un barrio de moda de Berlin, como Friedrichshain, estos mazacotes resulten pintorescos y hasta simpáticos, pero los hijos del extrarradio, aquellos que tuvimos que crecer bajo el efecto alienante del ladrillo visto, ni olvidamos, ni perdonamos. No soy partidaria de la pena de muerte, como sugería la ex lideresa del PP, pero considero que a algunos arquitectos como Enro Goldfilnger, Mihajlo Mitrovíc o al matrimonio Smithson y sus secuaces les habría venido muy bien un exilio en Pyongyang, donde seguro que podrían haber dado rienda suelta a sus delirios megalómanos en pos del proletariado.

 

Referencias bibliográficas:

Chadwick, Peter (2016). Un mundo brutal. Londres. Phaidon press

Miranda, Antonio (1999). Ni robot, ni bufón: Manual para la crítica de arquitectura. Madrid. Cátedra.

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