La belleza por castigo: esclavas de la imagen

La semana pasada se celebró en Shanghái el famoso desfile de Victoria´s Secret, un acontecimiento que ya ha trascendido la moda para convertirse en un fenómeno social que siguen millones de espectadores en todo el mundo. Lo de menos aquí es la ropa interior, de hecho el Fantasy Bra, la prenda más cara y espectacular del desfile, ni siquiera está a la venta, el mayor reclamo de la marca siempre han sido sus modelos: jóvenes de piernas infinitas, pechos grandes, cintura estrecha y rostro aniñado, es decir, el canon de belleza patriarcal hecho carne (más hueso que carne, aunque lo disimulen a base de sujetadores push up). Pero quien crea que un show tan descaradamente sexual y heteronormativo solo le interesa a los hombres se equivoca, no olvidemos que el público objetivo del desfile son las mujeres y serán en su mayoría ellas quienes compren la lencería que llevan sobre la pasarela Adriana Lima o Stella Maxwell con la vana esperanza de parecerse en algo a estas supermodelos. Podremos culpar a la publicidad, al patriarcado o a los diseñadores por objetualizar el cuerpo femenino, pero lo cierto es que la imagen física nos ha atraído y condicionado como seres humanos desde el principio de los tiempos y paradójicamente hoy más que nunca pese al auge del feminismo, ¿por qué?…

La psicóloga Nancy Etcoff, en su libro La supervivencia de los más guapos: la ciencia de la belleza, explica nuestra obsesión por el aspecto físico en términos evolutivos alegando que, por mucho que intelectualmente queramos negarlo, de forma subconsciente siempre nos atraerá la belleza: “nuestra extraordinaria sensibilidad hacia ella está cableada, es decir, regida por unos circuitos cerebrales modelados por la selección natural. Nos encanta ver una piel suave, una mata de pelo brillante, una cintura curvada y un cuerpo simétrico porque en el transcurso de la evolución las personas que notaban estas señales y deseaban a quienes las poseían tenían más éxito en la reproducción. Nosotros somos sus descendientes”.

Behati Prinsloo y Candice Swanepoel

Sin embargo no todo es tan inconsciente y casual como parece, las características que nos resultan atractivas en los otros están condicionadas por factores tan poco biológicos como el dinero. “En todos los países, el grupo que domina económicamente ha situado sus rasgos étnicos como estándar de belleza y por imitación de ese grupo dominante, los demás tienden a someterse a su influencia”, nos advierte Etcoff. Ya que hemos empezado hablando de Victoria´s Secret, volveremos a la marca para ilustrarlo con un ejemplo: los ángeles africanos más famosos y mejor pagados de la firma son Behati Prinsloo y Candice Swanepoel, las dos rubias, de ojos azules y piel clara. En Sudáfrica, lugar de nacimiento de ambas, los blancos son minoría y apenas representa el 9,2% de la población pero siguen siendo la élite del país, con salarios hasta cinco veces más altos que los de sus compatriotas negros. Otro caso paradigmático que ratifica esta teoría es la evolución del bronceado. Hasta el siglo XX las mujeres se escondían del sol porque tener una tez pálida era sinónimo de nobleza frente a aquellos que trabajaban en el campo, a merced del clima. La percepción negativa cambió gracias a unas imágenes de Coco Chanel en las que aparecía bronceada tras unas vacaciones en yate, a partir de entonces se empezó a asociar estar moreno con viajar y disfrutar del tiempo libre. Parece que no es el color de la piel, sino la apariencia de riqueza, lo que nos hace más atractivos a ojos del mundo.

El cine y la fotografía han contribuido más que ningún otro medio a crear y difundir los ideales estéticos de aquellos que ostentan el poder, que sigue estando en manos de los hombres. Por primera vez en la historia, el arquetipo femenino ha dejado de estar asociado a la maternidad (el arte siempre había representado a mujeres de abdomen abultado y caderas anchas, desde la prehistórica Venus de Willendorf a las famosas Gracias de Rubens) para asociarse a la sexualidad, encarnada en la joven que, pese a estar en edad reproductiva, se complace en ser estéril, como muestra la obsesión actual por el vientre plano. En el imaginario colectivo, se ha sustituido al ama de casa por la modelo, juvenil y delgada, como paradigma del éxito femenino y la anorexia ha reemplazado a la histeria como la enfermedad propia de su género. Según la escritora Naomi Wolf nada de esto es fortuito, por el contrario obedece al deseo de frenar el creciente poder que las mujeres han alcanzado en los últimos años a base de mermar su autoestima y hacerlas vivir permanentemente obsesionadas por el aspecto físico: “La ideología de la belleza es el último baluarte de las viejas ideologías femeninas y todavía tiene la capacidad de controlar a aquellas mujeres que de otra manera se hubieran hecho incontrolables con la segunda ola del feminismo. Se ha fortalecido para apoderarse de la función de sometimiento social que los mitos sobre la maternidad, la domesticidad, la castidad y la pasividad ya no pueden ejercer. Esta ideología está intentando destruir de manera psicológica y soterrada todos los logros que el feminismo obtuvo de forma abierta y material”. Y así mientras nosotras luchamos por la igualdad, negando las diferencias entre hombres y mujeres, el capitalismo se lucra exacerbándolas a través de varias industrias millonarias: “la de la belleza y la moda, la de las dietas, los fármacos y la cirugía estética y, sobre todo, las de la pornografía y la prostitución. Todo eso ha aumentado la vulnerabilidad del hombre ante la visión de una mujer hermosa, creando millones de adictos al sexo, y ha llevado a las mujeres a querer ser cada vez más guapas durante más tiempo o a intentarlo al menos, maquillándose, operándose, rehaciéndose hasta el infinito”, reflexiona Nancy Huston en otro interesante ensayo sobre el tema, Reflejos en el ojo de un hombre.

Paranoia feminista o no, lo cierto es que somos cada vez más dependientes de la aprobación externa y el aspectismo se ha convertido en una forma de discriminación que nos afecta incluso a nivel laboral pues se adjudican estereotipos negativos a quienes no se ajustan a los cánones estéticos, como las personas obesas, a las que se considera glotonas y perezosas por el simple hecho de estar gordas. Los tímidos intentos por erradicar estos prejuicios y promover un modelo de belleza más realista no terminan de cuajar y a veces da la sensación de que obedecen más a maniobras publicitarias que a una verdadera voluntad de cambio. Ya sea porque está programada de forma genética para asegurar la reproducción de la especie o porque nos la imponen culturalmente, lo cierto es que la belleza rige y condiciona nuestra existencia como seres humanos, de forma mucho más determinante en el caso de las mujeres, de ahí el interés que nos siguen despertando las modelos de Victoria´s Secret y es que sus corsés no están hechos de encajes o lentejuelas sino del material con el que se forjan los sueños (húmedos) de los hombres.

Referencias bibliográficas:

Etcoff, Nancy (2000). La supervivencia de los más guapos: la ciencia de la belleza. Madrid. Debate.

Huston, Nancy (2013). Reflejos en el ojo de un hombre. Madrid. Galaxia Gutemberg.

Wolf, Noami (1992). El mito de la belleza. Barcelona. Salamandra.

 

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