Del amor (líquido) y otros demonios

Hubo una época, que ahora parece lejana, en la que no existían los móviles por lo que si querías volver a quedar con el chico/a que habías conocido en la discoteca ese fin de semana, no tenías más remedio que armarte de valor y llamar al teléfono de su casa. Si tenías suerte, era el interesado quien contestaba el aparato pero siempre corrías el riesgo de que alguno de sus progenitores te sometiera a un tercer grado.

—¿Diga?

—¿Está Fulanita?

—¿De parte de quién?

—De Mengano.

—¿Mengano?, ¿qué Mengano?

—Un amigo…

—¿Y qué querías?

—Esto… hablar con ella.

—Pues no está.

—¿Y no sabe cuándo va a volver?

—No, ¿quieres que le diga algo?

—Que me llame, por favor.

Fulanita nunca devolvía la llamada y a Menganito le quedaba de por vida la duda de no saber si fue por falta de interés o porque su padre jamás le dio el mensaje. Gracias a los móviles nos podemos ahorrar este trago, incluso nos podemos saltar el paso de la discoteca porque para ligar ya no hace falta salir de casa. La oferta de parejas es tan amplia como la de ropa en Zalando o la de libros en Amazon, solo hay que seleccionar los criterios de búsqueda que más se ajusten al ideal de amante y en pocos segundos cualquier aplicación desplegará una enorme lista de posibles pretendientes cerca de la zona, para que tampoco haya que moverse mucho. En el flirteo online todo es más rápido y fácil que en el ligoteo cara a cara donde el riesgo-beneficio siempre es incierto y es difícil saber de antemano si la otra persona está abierto al cortejo o cerrada en banda.

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“A diferencia de las verdaderas relaciones, las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida. Parecen sensatas e higiénicas, fáciles de usar y amistosas con el usuario cuando se las compara con la cosa real, lenta, inerte y complicada”, nos dice Zygmunt Bauman, quien hace más de una década acuñó el término Amor líquido para referirse a la fragilidad de los vínculos afectivos del ser humano postmoderno. Frente a la solidez del pasado en el que la gente apenas se movía de la ciudad en la que había nacido, los matrimonios duraban toda la vida y era posible llegar a jubilarse en la misma empresa en la que uno empezó a trabajar, en el siglo XXI todo es volátil e incierto: el empleo, la política, las relaciones… El único compromiso a largo plazo (en el mejor de los casos) es con uno mismo.

Así, miramos con cierto cinismo a nuestros abuelos, a nuestros padres, a esas parejas que llevan más de tres décadas discutiendo pero siguen casadas, sin saber dónde termina el amor y dónde empieza el síndrome de Estocolmo mientras nuestra generación va saltando de cama en cama: “Se puede llegar a creer (y con frecuencia se cree) que la capacidad amorosa crece con la práctica acumulada, que el próximo amor será una experiencia aún más estimulante que la que se disfruta actualmente, aunque no tan emocionante y fascinante como la que vendrá después de la próxima”. La trampa del capitalismo es hacernos creer que siempre hay algo mejor esperándonos a la vuelta de la esquina ya sea un coche nuevo o una pareja diferente, de modo que el deseo humano nunca termine de saciarse. Desde que nos exhibimos en el escaparate del Tinder, Meetic, eDarlingAdopta un tío (donde se anima a las usuarias a meter a los hombres en su cesta de la compra como si fueran un aparato de gimnasia del Ali Express), estar en el mercado se ha convertido en una expresión literal. “Esa es la materia de la que están hechos los sueños y los cuentos de hadas de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”, nos espeta el sociólogo polaco.

Las decepciones llegan cuando se descubre que la publicidad ha sido engañosa y aquella persona, que parecía tan atractiva por Whatsapp, no es en directo ni un pálido reflejo del selfie que colgó o lo es pero aún así nos deja indiferentes. El todopoderoso algoritmo de Google no ha sido capaz de desentrañar la fórmula del amor, esa que según Severo Ochoa es una cuestión de física y química pero también del llamado efecto de mera-exposición que hace que nos guste más aquello a lo que estamos expuestos repetidamente, ya sea una canción, un anuncio de la tele o una persona, motivo por el que resulta tan difícil que surja la pasión en una primera cita. Pero si en algo tiene fe el ser humano postmoderno es en la tecnología, por eso seguimos recurriendo a ella con la esperanza de encontrar en el bazar virtual del amor a esa persona que nos haga olvidar, aunque no sea más que por el breve lapso de tiempo que dura el chateo o el sexting, que en realidad estamos solos frente a un smartphone. “Los móviles ayudan a estar conectados a los que están a distancia. Los móviles permiten a los que se conectan, mantenerse a distancia”, así que hoy día si Fulanita no devuelve la llamada desengáñate, es que nunca tuvo interés.

Referencias bibliográficas:

Bauman, Zygmunt (2005). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Madrid. Fondo de cultura económica de España.

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