Por favor, no escribas un libro

Todo el mundo quiere escribir un libro. Es una ambición que parece al alcance de cualquier persona con cierto grado de desarrollo intelectual, o con ninguno, y, de alguna manera, un deber o un mandato social.

Hablo desde mi deformación profesional. Hace ya dos años y medio que trabajo como agente literario. No me gusta demasiado contarlo porque en cuanto lo suelto aparece alguien que está escribiendo una novela, que tiene una idea para un ensayo o una vida tan interesante que da para un libro. Desengañémonos, solo una minoría, muy muy muy minoritaria, tiene realmente entre manos una novela, una idea o una vida que valga la pena contar.  

En cualquier caso, también es una minoría la que entiende realmente de que va mi trabajo: no estoy en ninguna editorial, no tengo poder para publicar ningún libro y tampoco para obligar a nadie a que lo haga. Un agente literario es un intermediario, como el manager de un futbolista, aunque sin forrarse: representamos a autores que tienen libros e intentamos convencer a las editoriales de que les publiquen. Trabajamos de negociadores, gestores administrativos, secretarias, institutrices regañonas y lectores críticos, capaces de evaluar si un libro tiene un hueco en el mercado.

Sí comparto con un editor la ingrata tarea de leer borradores y manuscritos espantosos: mal escritos hasta el punto de incomprensibles, aburridos, previsibles o faltos de ideas originales, cuando no todo junto. Hay demasiada gente por ahí escribiendo sin tener ni idea, sin haber leído antes, y demasiadas editoriales publicando como quien juega todos los jueves la Primitiva: a ver si esta vez, por casualidad, sale un éxito.

Solo en España salen entre 60.000 y 80.000 títulos nuevos al año. Y ahí cabe de todo, desde la física cuántica a la poesía experimental, pasando por las 50 sombras de Grey o el bestseller del momento. Si quisiéramos leerlo todo, no podríamos: sale a unos doscientos por día. Tampoco es que la mayoría de la gente quiera. Según las encuestas de hábitos lectores la media está en doce libros al año, uno al mes. Un tercio de la población confiesa que no lee un libro en todo el año.

Hay unas poquitísimas personas que se leen uno o varios a la semana y tengo la suerte de contar con amigos que están en ese club. A mí ya me cuesta leer por vicio. En mis buenos tiempos, podía tranquilamente con cuatro o cinco, pero tengo la malísima (o buenísima) costumbre de releer los libros que me gustan hasta aprendérmelos de memoria, así que tampoco soy una gran consumidora de novedades.

Con tantos libros y tan pocos lectores, la conclusión es obvia: se vende poco. Con cien ejemplares puedes colocarte en las listas de los más vendidos de Amazon y, dependiendo de la categoría a la que aspires, sobra con muchos menos.

agenteliterario

Los libros que no se venden se quedan olvidados en un almacén y, al cabo de dos años, al autor o al agente le llegará una orden de destrucción de libros: se pueden ir de golpe mil o dos mil ejemplares, a no ser que el autor se los quede, bajo la prohibición expresa de no revenderlos. Siempre es triste cuando un libro muere así porque muere como un problema contable: para reducir activos y costes de almacenamiento.

De todas formas, cada vez me cuesta entender más qué sentido tiene escribir libros. Quizá porque me estoy especializando en no ficción y para mí los libros ya no son solo mundos fantásticos, personajes de los que enamorarse, historias que vivir a través de las palabras.

El papel histórico del libro es mucho más importante que eso: hasta hace bien poco eran nuestra fuente de conocimiento, la forma de empaquetar, conservar y transmitir el saber. Durante milenios, las bibliotecas fueron las cajas fuertes de la cultura. Destruir un libro, ¡quemar una biblioteca!, era renunciar al saber, abrazar la superstición, entrar en las tinieblas.  Aún lloramos la pérdida de la mítica Biblioteca de Alejandría.

Pero hoy el saber ya no tiene forma de libro, sino de nube. Una de las cosas maravillosas de la revolución digital es que tenemos acceso fácil e inmediato a los conocimientos, ideas y sentimientos de personas en todas partes del mundo. Un proyecto como la Wikipedia es sin duda la iniciativa cultural más grande de la historia de la humanidad, en la que participan de forma desinteresada millones de personas en todo el mundo y en la que todos estamos invitados a colaborar. Al escribir estas líneas, se me pone la carne de gallina de la emoción.

Y de la misma forma que recibimos de los demás, podemos comunicar y compartir reflexiones y saberes de forma fácil: Twitter, Instagram, Whatsapp, Facebook, WordPress… ¿cabe duda de que vivimos una época en la que se escribe más de lo que se ha escrito nunca? ¿Acaso la cara oscura de ese diluvio de información es que todo el mundo quiere, y cree que debe, escribir un libro?

Nos hemos tomado demasiado en serio el dicho “en la vida hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”. Es una afirmación tan repetida que resulta difícil saber de dónde viene: se considera un proverbio chino, una máxima tomada de un relato islámico y hasta una cita de José Martí.

Que quede claro: no es una obligación.

Y ni siquiera debería tomarse al pie de la letra.  Plantar un árbol no puede significar tan solo ir un fin de semana con una macetita al campo y dejarla allí, a ver si con suerte crece. Tiene que ver con preocuparnos de la naturaleza, del medioambiente, de que no ardan los bosques de Galicia entera.

Tener un hijo no implica que todos debamos ser padres, que se nos imponga tener descendencia. Tener hijos no es un derecho ni un deber, sino una elección. Y creo que la idea puede interpretarse como un consejo: preocupémonos del bienestar de las generaciones futuras, de no vivir solo en el hoy, sino de pensar en mañana: que los que vienen estén mejor que los que se van, que sean más felices, más iguales, más solidarios y más libres.

Y escribir un libro… tomémoslo como participar en esa cadena de conservación y transmisión de la cultura, que es uno de los elementos que nos caracteriza, y quizá hasta nos salva, como seres humanos; participar de forma activa, aportando nuestro granito de arena, algo propio y único de cada uno.

Seamos generosos con el mundo y con nosotros mismos: ayudemos con nuestras reflexiones, nuestras ideas y consejos cuando hagan falta. Para eso son necesarios libros y para eso somos necesarios todos.

Al fin y al cabo, que no tengamos la obligación de escribir, ni la de publicar, nos deja con mucho tiempo libre para leer. Y eso es lo que hará que los libros no desaparezcan: siempre tendrán esa capacidad de sumergirnos en una historia, de enseñarnos algo.

Olvidaos de escribir un libro. Dedicaos a leer. En lugar de ser malos autores, sed buenos lectores.

Y dejad de contactarme por LinkedIn para que os publique vuestros manuscritos.

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