Vampiros, caníbales y otros monstruos del cine feminista

Pocos géneros fílmicos acumulan tantos clichés como el cine de terror. Si ha visto más de tres películas de miedo ya sabrá que cuando hay un asesino suelto los personajes, en lugar de mantenerse unidos o echar a correr, bajarán a investigar al sótano de uno en uno, que llamar a la policía es inútil porque la cobertura siempre falla y que la guapa del grupo, cuando no es la protagonista, será la primera en morir. De hecho, la cuota de género ha sido bastante equitativa en los filmes de terror: psicópatas y monstruos tienen especial predilección por las mujeres así que abundan los personajes femeninos. Muchas actrices de pechos grandes y buenos pulmones, como Jamie Lee Curtis, hicieron carrera en pantalla interpretando a Scream Queens, casi un subgénero dentro de este tipo de cine, pero no es paridad todo lo que reluce. La relación morbosa entre sexo y violencia, la erotización del cuerpo femenino, el rol de víctima de la mayoría de los personajes y el carácter descaradamente comercial de estas producciones han hecho que el machismo sea el mayor de los clichés del cine de terror. Por suerte, las cosas parecen estar cambiando y una nueva hornada de directoras ha irrumpido con fuerza para revertir los preceptos de un género que hasta hace poco parecía ser solo cosa de hombres. Tres mujeres muy distintas, una australiana, una iraní y una francesa, han conseguido en los últimos años conquistar la taquilla con tres películas que se alejan de las fórmulas clásicas y los estereotipos manidos para afrontar un cine de terror más adulto y valiente desde una perspectiva muy poco explotada hasta ahora: el punto de vista femenino. Casualidad o no, las tres son óperas primas y ninguna de ellas proviene de Hollywood, donde prefieren seguir haciendo remakes que apostar por cualquier cosa que parezca mínimamente arriesgada.

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Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), de Ana Lily Amirpour, es un suerte de spaguetti western de vampiros ambientado en una ficticia ciudad de Irán. Como si esto no fuera ya de por sí desconcertante, la directora lo rodó en farsi y lo fotografió en blanco y negro. El resultado es una cinta de un extraño lirismo que mezcla temas tan sórdidos como la prostitución o las drogas con el amor juvenil. La protagonista es una especie de superheroína vampira que viste hiyab en lugar de capa y se desplaza en patinete impartiendo justicia feminista. Solo el título es ya una declaración de intenciones porque pocas cosas asustan más a una chica que volver a casa sola de noche y, aunque algunos críticos acusaron a Amipour, no sin razón, de sacrificar la narrativa en favor de la atmósfera y de abusar de los lugares comunes, lo cierto es que es difícil resistirse a la originalidad de esta película tan fascinante como perturbadora.

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The Babadook (2014), de la australiana Jennifer Kent, aborda otro tema femenino y casi tabú en el cine comercial: las dudas y aprensiones que genera la maternidad. Frente al miedo a la destrucción de la familia tradicional, argumento que se repite a menudo en el terror, Kent nos presenta a una madre viuda, empobrecida y llena de inseguridades que tiene que afrontar sola la educación de un hijo atormentado por el villano de un cuento y por la pérdida del padre. Sin necesidad de alardes efectistas ni derroches digitales, la directora crea un monstruo propio del expresionismo alemán que, como todo fantasma, se alimenta de nuestros propios temores.

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Crudo (2016) es el debut de Julia Ducournau, una película visceral no apta para estómagos sensibles que explora el paso de la niñez a la edad adulta, un clásico del género con precedentes tan conocidos como El exorcista (1973) o Carrie (1976). La protagonista, una adolescente vegetariana, no tiene poderes sobrenaturales, ni está poseída por el diablo pero también sufre una pubertad traumática cuando se ve obligada a salir del hogar familiar para irse a estudiar a la facultad de veterinaria. La ingenua Justine, al igual que la heroína de Sade, tendrá que soportar los infortunios de la virtud y todo tipo de novatadas, incluida comer hígado crudo a modo de ritual de iniciación. Probar la carne, de forma metafórica y literal, supondrá para Justine descubrir su verdadero yo y enfrentarse a la bestia que todos llevamos dentro. Nunca un despertar sexual fue tan violento ni una película gore tan profunda porque, a diferencia de títulos como Holocausto Canibal (1979) o Ravenous (1999), en Crudo el canibalismo no es una excusa para mostrar vísceras sino una metáfora para hablar de asuntos más serios. Los paladares exigentes disfrutarán de esta película interesante a la par que repulsiva (dicen que provocó desmayos durante su proyección en Cannes), llena de dobles lecturas y cuyo único punto flojo es un giro final tan predecible como innecesario.

Ninguna de estas tres obras es perfecta y sin embargo las tres van camino de convertirse en películas de culto dentro de un género históricamente vilipendiado por la crítica pero adorado por millones de espectadores, que no se cansan de soltar dinero en taquilla a cambio de pasar un mal rato. Los grandes estudios, conscientes de los beneficios de estas producciones de bajo presupuesto frente a los costosos blockbusters, tratan una y otra vez de reapropiarse del éxito de un cine que se desenvuelve con más soltura en el terreno independiente y donde el boca a boca funciona a menudo mejor que el marketing. Quizá el ejemplo de estas directoras también les sirva para deshacerse de los viejos clichés y replantearse el papel de la mujer dentro de una industria en la que las cosas, aunque lentamente, parece que por fin están cambiando.

 

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