La parte negativa del pensamiento positivo

Dicen que en tiempos de guerra se ruedan musicales y se acortan las faldas. Lo que podría parecer una paradoja tiene mucho sentido desde un punto de vista político o incluso psicológico: cuanto más difícil se vuelve la vida, más necesita la gente evadirse de la realidad. Algo parecido está sucediendo hoy día con esa corriente buenrollista que inunda nuestros muros de Facebook de frases motivadoras y nos insta a combatir el cáncer con lacitos rosas. No es casual que el pensamiento positivo haya proliferado en Occidente al mismo tiempo que estallaba la crisis económica, esa a la que los gurús del optimismo denominan oportunidad.

Estados Unidos, el país que contagió la recesión al resto del mundo con la caída de Lehman Brothers, ha exportado más allá de sus fronteras la creencia de que el optimismo es la clave del éxito a base de vendernos la idea de que cualquiera puede alcanzar sus sueños siempre que sonría y persevere. Esta doctrina de la superación comparte con la economía de mercado uno de sus principios más crueles: el de poner toda la responsabilidad sobre el individuo de modo que, si tu negocio quiebra o pierdes el trabajo, quizá se deba a no te esforzaste lo suficiente o te faltó fe en ti mismo para triunfar. Libros como El alquimista o El secreto refuerzan esta teoría asegurando que existe una misteriosa ley de la atracción según la cual solo tienes que desear algo con muchas ganas para conseguirlo. Los pensamientos pueden transformar la realidad o, como dice Mr. Wonderful, si cambias tu forma de mirar las cosas, las cosas cambian. Estas afirmaciones, además de pueriles, son perversas. ¿Qué ocurre entonces con aquellos que tienen un enfermedad incurable o lo han perdido todo tras un terremoto? ¿Por qué el universo no conspiró a su favor?

Mientras en Instagram compartimos citas de Paulo Coelho y fotos con filtros en las que parecemos felices, las farmacéuticas se hacen millonarias vendiendo antidepresivos y el suicidio se cobra más de 3000 vidas al año solo en nuestro país, pero nadie quiere hablar de esta epidemia silenciosa. El mismo Gobierno que hace campañas para prevenir los accidentes de tráfico, la violencia de género o el consumo de drogas calla ante un problema que ya es la primera causa de muerte violenta en España, muy por delante de las anteriores. Se ha asociado tristeza con fracaso y sentimientos que hasta hace poco nos parecían normales como el duelo por la muerte de un familiar, la angustia tras un despido o la pena cuando rompemos con nuestra pareja ya no se admiten, al menos en público, porque nadie quiere parecer débil o llorica. Pero una sociedad que no tolera la frustración es una sociedad enferma que no se va a curar a base de buenas intenciones y libros de autoayuda.

El pensamiento positivo es a los problemas lo que la homeopatía a la medicina: puro placebo. Muchos dirán que el placebo a veces funciona y que no hay nada malo en verle el lado bueno a las cosas y tienen razón, siempre y cuando no se pierda de vista que el sufrimiento psicológico, como el dolor físico, es una advertencia de que algo anda mal y hay que buscar soluciones que vayan más allá de repetir frases ñoñas. Esto no pretende ser un discurso derrotista sino una apelación al sentido común: ni todo es posible, ni las cosas suceden solo con desearlas y a veces es más sano llorar que forzar una sonrisa. Como decía aquel personaje de Un mundo feliz “reclamo mi derecho a ser desgraciado”, después de todo la paradoja de Stockdale ya demostró que un exceso de optimismo también puede matarnos (y no solo de aburrimiento).

Referencias bibliográficas:

Ehrenreich, Bárbara (2012). Sonríe o muere. Ls trampa del pensamiento positivo. España. Turner.

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