El cuento de la criada: ¿distopía o realidad?

Margaret Atwood escribió El cuento de la criada a mediados de los ochenta, una década marcada por la política neoliberal del conservador Ronald Regan, por la expansión del terrorismo internacional con el nacimiento de grupos como Sendero Luminoso o Hamas y por una cruenta guerra en oriente próximo, la de Iran-Irak, que duró ocho años y costó un millón de vidas. Podría parecer que tres décadas después las cosas han mejorado, pero el auge de la ultraderecha en Europa, el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, los continuos atentados en las principales ciudades del mundo y un conflicto armado en Siria que dura ya más de un lustro, parecen confirmar que la humanidad rara vez aprende de sus propios errores.

Desde la comodidad de nuestras casas, con televisión y wifi, nos indignamos ante el secuestro de trescientas niñas por parte de Boko Haram y nos compadecemos de esos cuatro millones de refugiados que han huido del horror sin más pertenencias que lo puesto, pero en cuanto nos hartamos de ver miserias cambiamos de canal, convencidos de ser meros espectadores de unas desgracias que nos resultan ajenas porque ocurren en países lejanos y en sociedades atávicas que poco o nada tienen que ver con la nuestra.

La historia, sin embargo, se empeña en demostrarnos que el statu quo puede cambiar de un día para otro y que cuando se implanta una dictadura teocrática las primeras en perder sus derechos siempre son las mujeres. Pasó en Afganistan con los talibanes y en Irán con Jomeini y pasa en la distopía que nos propone Atwood, donde la escasez de niños reduce a las féminas fértiles de Estados Unidos a meros úteros andantes. Estremece ver a todas las protagonistas vestidas con los mismos hábitos, caminando siempre en silencio porque solo los hombres están en posesión de la palabra “cómo la malgastábamos en otros tiempos” se lamenta Defred, sufriendo torturas, ablaciones o muerte por lapidación cada vez que alguna se desvía de las normas.

Claro que el estremecimiento es pasajero, cesa en cuanto apagamos la televisión o cerramos el libro. Puede que hayamos cedido ya algunas libertades en pos de la seguridad pero estamos lejos de parecernos a los habitantes de la República de Gilead, nosotras podemos protestar en Twitter, estamos amparadas por la ONU y su Tribunal de la Haya y tenemos unos derechos construido con el esfuerzo de todas las generaciones que nos precedieron desde la Ilustración. No pariremos los hijos de otros. Al menos no mientras las circunstancias nos favorezcan, pero la humanidad es muy adaptable. “Es sorprendente la cantidad de cosas a las que puede llegar a acostumbrarse la gente siempre que exista alguna compensación” nos dice la protagonista de esta novela. Piénsalo la próxima vez que veas a un futbolista rico posando con unos niños gestados por encargo en algún país del Tercer Mundo.

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